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Enigma

Ciudad de Watercano

Vivo en un país de idiotas y gilipollas. Un país donde tenemos un rey que no para de reproducir su especie y a quien no le reclamamos multitudinariamente que se largue de una vez con todos sus nietos rubios y dejen de chupar del bote, que bastante nos cuesta ya llegar a fin de mes. Un país donde a la semana mueren asesinadas como mínimo tres mujeres a manos del machismo y no salimos en enfervorecida masa por las calles a pedir el fin de este devastador terrorismo. Un país donde la telebasura con todos sus engendros pseudoperiodísticos son superventas mientras que los programas culturales los echan de madrugada porque casi nadie los quiere ver. Un país cuya capital está en manos de una mujer que ha hecho suya la televisión autonómica que sale de bolsillo de la ciudadanía, censurando y exponiendo a su gusto, y de un hombre que se cree Ramsés II irguiendo pirámides, sin preocuparse en absoluto por lo social, pero quienes han vuelto a ganar las elecciones por aplastante mayoría. Un país donde una persona que consume coca manchada con la sangre de los niños soldado luego milita en una ONG. Un país donde Zara y la esclavitud que nos cose la ropa son orgullo nacional. Un país de inmigrantes a quienes el bienestar les hizo perder la memoria. Un país que se dice aconfesional pero que aún da voz a los curas, e incluso casilla en la declaración de la renta. Un país donde la educación primaria es obligatoria pero yo veo críos correteando por el centro y robando bolsos sin que nadie les meta de la oreja en una escuela. Un país donde predomina el culto al cuerpo antes que el culto a la diferencia, donde se prefiere la delgadez a la salud, donde hay quien invierte horas desarreglándose delante del espejo. Un país sarcástico, donde decir cosas bonitas queda cursi pero siempre hay que tener la inteligente frase irónica y descreída a mano, por si surge el utilizarla. Un país de desastres ecológicos a pie de playa. Un país donde el maltrato animal es tradición enraizada. Un país donde un grupo de vagos persiguiendo un balón mueve montañas. Un país donde aún tiene un algo de orgullo patrio eso de conducir con un par de vinitos en el cuerpo, caiga quien caiga. Un país donde la vivienda es un lujo y no un derecho. Un país donde nos llegan miradas desesperadas flotando en cayucos y pateras, y cuyos rostros asociamos indiferente e impasiblemente al gazpacho y a la tortilla que comemos mientras vemos el telediario. Un país que se dividió tras el golpe de estado fascista de 1936 y la Guerra Civil subsiguiente, y que nunca ha vuelto a unirse. Un país donde se nos mintió con inquina tras el devastador atentado islámico del 11 de marzo de 2004 y ahí están los pinochos tan campantes, en sus mansiones y saliendo en la tele a dar lecciones de moralidad.
Un país de gilipollas que escuchan a los mentirosos, un país que nunca ha vuelto a unirse porque la división se fomenta desde los altos mandos, sembrando peleas chabacanas en lugar de enriquecedores debates.

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